El nombre del escritor e ingeniero Juan Benet (Madrid, 1927-1993) revoloteaba en mi casa familiar cuando mis hermanos y yo éramos pequeños y, sin que nos diéramos cuenta, nos íbamos convirtiendo en lectores al ver cuántas horas le dedicaban a leer nuestro padre y nuestra madre. Benet siempre estaba entre los entusiasmos sobreactuados que en Navidad comentaban el añorado tío Manolo y mi padre. El ingeniero compartía grupo con Faulkner, Bioy Casares, Conrad, Mann o Borges, pero a mí, personalmente, siempre me fue esquivo. Primero por su complejidad formal, quizá por precipitación. Y después porque me convertí en un lector perezoso para la ficción y el Grand Style literario, centrado en los ensayos y la historia como estaba –y aún estoy, aunque menos–.