Francia está dividida. Lo vemos ahora con las protestas de los ‘chalecos amarillos’, última cicatriz visible de un país partido también por el eje racial. Existe una fractura entre provincias y París en un país muy centralista. Pero también dentro de las ciudades, entre el centro y esas banlieus que el expresidente Nicolas Sarkozy decía querer limpiar de racaille (chusma) a manguerazos. Francia tiene dificultades para digerir la globalización, pero también su proceso de descolonización y su propia realidad mestiza. El sistema político de la V República parece agotado, y ningún rey republicano consigue dar con la fórmula del éxito para reformar Francia. Ante la parálisis, resurgen los fantasmas del pasado.